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Fray Luis Beltran San Juan, 7 de septiembre de 1784 - Buenos Aires, 8 de diciembre de 1827                                                                                                                                                                                                         

   

                                                                                                                                                                                           

 

 

 

 

 

 

 El apellido de su familia, de origen francés, era Bertrand pero fue anotado por error en el acta de bautismo como “Beltrán”. Su ciudad de origen ha dado lugar a controversias: en su testamento ―dictado al ingresar a la orden franciscana a los 16 años de edad― aseguró ser «natural de la ciudad de San Juan», pero como vivió su infancia en Mendoza, tradicionalmente se lo supuso originario de esa ciudad.

Ingresó en el Convento de San Francisco en Mendoza donde estudió las ciencias teóricas y ejercitó las prácticas como la física y la mecánica.
Se hallaba en la capital chilena ―en manos todavía de los españoles― cuando estalló la revolución independentista (1810), a la que apoyó enérgicamente. Fue capellán del director supremo del Estado, José Miguel Carrera y trabajó en la maestranza del ejército con el grado militar de teniente.
Se encargó de recomponer el parque de artillería luego de la derrota de Hierbas Buenas, donde demostró todo su conocimiento, ingenio y habilidad. Por sus eficientes servicios fue ascendido a Teniente de Artillería, pero la derrota de los patriotas chilenos en Rancagua, el 2 de octubre de 1814, lo obligó a emprender junto a centenares de derrotados el penoso cruce de la cordillera hacia Mendoza.
A su regreso el general José de San Martín lo hizo jefe del parque de artillería del Ejército de los Andes. Colaboró con José Antonio Álvarez Condarco en la fábrica de pólvora y lo suplantó desde que aquel llevara a cabo una misión de espionaje en Chile.
En el campamento “El Plumerillo” Montó un taller en el que trabajaban por turnos unos setecientos artesanos y operarios a los que Beltrán formaba a los gritos en medio del ruido ensordecedor de los golpes del martillo sobre el hierro hasta quedar ronco para toda la vida. Allí, donde no había nada más ni nada menos que la solidaridad y la entrega a la causa revolucionaria del pueblo cuyano, se fabricaba de todo, desde monturas y zapatos hasta balas de cañón, fusiles, vehículos de transporte y granada.
Ya no quedaban campanas en las iglesias de la zona ni ollas en muchas casas. Todo era fundido en los talleres de aquel “Vulcano con sotana”. “Si los cañones tienen que tener alas, los tendrán”, decía Beltrán.
San Martín quiso premiar tanto empeño y lo ascendió a Teniente Primero con el grado de Capitán. El inspector general del Ejército, José Gascón, se opuso a la carrera militar del fraile artillero por considerarla anticatólica, pero el jurista canónico Diego Estanislao Zavaleta dictaminó a favor de la continuidad de Beltrán a las órdenes de San Martín.
El fraile no sólo fabricaba las armas; las usaba con un coraje temerario que fue reconocido por el gobierno de las Provincias Unidas a través de una medalla por su actuación en la memorable batalla de Chacabuco el 12 de febrero de 1817.
Proclamada la independencia de Chile, Beltrán comenzó a preparar los pertrechos para la expedición al Perú, pero el desastre de Cancha Rayada lo obligó a trabajar sin parar junto a un grupo selecto de colaboradores en la provisión del ejército libertador. En sólo 16 días tuvo listos 22 cañones, cientos de fusiles y miles de municiones, que serían estrenados con todo éxito el 5 de abril de 1818, en el definitivo combate de Maipú; tras el cual Beltrán recibió otro encargo del Libertador: preparar lo más maravillosos fuegos de artificio para celebrar la Independencia de Chile.
Más tarde, participó activamente en la provisión y mantenimiento del parque de artillería de la campaña del Perú y fue designado por San Martín como Director de la maestranza del Ejército Libertador. Se dio el gusto de entrar en Lima junto al Libertador, aquella histórica capital desde donde salían las órdenes para aniquilar poblaciones enteras.
Tras el retiro de San Martín, Beltrán siguió peleando a los órdenes de Bolívar. Instalado en el cuartel general de Trujillo, el fraile volvió al intenso ritmo de producción y a los turnos rotativos de trabajadores. Bolívar puso a prueba su eficiencia ordenándole la puesta a punto y embalaje de unos mil fusiles y armas de puño en un plazo máximo de tres días.
Beltrán y su gente pusieron todo el empeño olvidándose del sueño. Al octavo día todavía faltaba embalar algunas piezas cuando llegó Bolívar, quien lo reprendió duramente y amenazó con fusilarlo.
Fray Luis entró en una profunda depresión y se encerró en su cuarto. Seguramente el episodio no lo era todo, era aquella famosa gota de aquel famoso vaso. Años de lucha, de esfuerzos, de no parar. La “melancolía”, como se decía entonces, le fue ganando la partida y el suicidio apareció cada vez más fuerte en sus pensamientos hasta que se transformó en acción.
Se cercioró de que todas las aberturas de su cuarto estuviesen bien cerradas, arrojó sobre el brasero un producto químico que producía un vapor asfixiante y se acostó en su cama a esperar aquella muerte que tantas veces había esquivado en los campos de batalla de medio continente.
Pudo ser salvado a tiempo pero los médicos que lo atendieron lo encontraron en un estado de total alteración mental. Deambuló delirando por las callejuelas del pueblito de Huanchaco, hasta que fue rescatado por una familia amiga. Pudo restablecerse y embarcarse hacia Chile. Volvió a cruzar la cordillera y llegó a Buenos Aires justo a tiempo para incorporarse, con su revalidado título de Teniente Coronel, a las tropas navales que se aprestaban a combatir contra el Brasil y participó en el combate de Ituzaingó.
Pero su estado físico y espiritual se complicaban. Debió abandonar la campaña y regresar a Buenos Aires. Sentía que ahora sí venía la muerte por su cuenta y quiso volver a ser sólo un sacerdote. Renunció a las armas y se encerró a hacer penitencia severa por varios días.
Luis Beltrán murió fraile y sin un peso a los cuarenta y tres años, el 8 de diciembre de 1827. Su confesor comentó que se había reconciliado con el Ser Supremo. Nunca conoceremos los detalles de aquella pelea desigual ni de la reconciliación.

 

Fuentes:

            es.wikipedia.org/wiki/

            elhistoriador.com.ar/biografias/

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